Madre, hermana, guerrera

Foto: Caritas Noruega
Dammika nació en una familia pobre, con padres que trabajaban constantemente para llevar comida a la mesa. La vida era dura, y desde pequeña aprendió a dejarse de lado por los demás.
Tiene dos hermanos menores que nacieron con discapacidades: no pueden caminar ni hablar y necesitan atención las 24 horas del día, los 7 días de la semana. La familia no tenía acceso a sillas de ruedas, así que Dammika a menudo tenía que cargar a sus hermanos en brazos o a la espalda. Sus sonrisas, a pesar de su incapacidad para hablar, fueron lo que la mantuvo a flote en esa difícil situación.
Como su familia era muy pobre, Dammika tuvo que abandonar la escuela en décimo grado. Tenía sueños, pero tuvo que dejarlos en suspenso por cosas mucho más importantes, como poner comida en la mesa.
Al cumplir 18 años, encontró el amor. Se casó y tuvo tres hijos: una niña y dos varones. Todos nacieron sanos, pero con el tiempo resultó que sus dos hijos también estaban enfermos, al igual que sus hermanos. La situación familiar empeoró cada vez más y el matrimonio empezó a desmoronarse.
Dammika no tuvo otra opción: tuvo que buscar un trabajo donde ganara más. Viajó a Oriente Medio para trabajar como limpiadora. Envió todo el dinero que ganó a Sri Lanka, con la esperanza de un futuro mejor para sus hijos. Pero, mientras estaba fuera, su marido abandonó repentinamente a la familia.
Tuvo que regresar a Sri Lanka, destrozada, traicionada y asustada. Ya no tenía pareja ni ingresos estables. Tuvo que aceptar cualquier trabajo que encontrara en la zona, incluso trabajó como minera en un momento dado. Cada día era una lucha, y cada noche rezaba para que sobrevivieran al siguiente.
El punto de inflexión llegó entonces. Caritas Llegó a su vida. Recibió capacitación en agricultura climáticamente inteligente, ganadería, compostaje y jardinería orgánica. Esto no fue solo conocimiento, fue esperanza.
Con un pequeño terreno y mucha determinación, creó su propio huerto. Empezó a cultivar verduras para alimentar a su familia y vendió lo que le quedaba a sus vecinos. No era mucho, pero era suyo.
Sus hermanos e hijos también encontraron alegría y significado a través de los programas que Caritas ofrecido. Sonrieron de nuevo. Se movieron de nuevo. Se sintieron vistos.
Hoy, su jardín es más que un simple jardín. Es un símbolo de la lucha que ha vivido, de su dolor y sus sueños. Dammika nunca pide mucho, solo la fuerza para seguir adelante y ver sonreír a su familia. Es más que una madre y una hermana: es una guerrera.
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